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18 enero 2015 7 18 /01 /enero /2015 00:23
JE SUIS MAIDUGURI

La Unión Europea es un club de elite. Un club cerrado de países ricos, y de otros no tanto, que junto a ellos aspiran a serlo. El mundo occidental es así, seguramente porque la superioridad moral y ética acompaña la percepción que tenemos sobre nosotros mismos. La democracia y nuestros derechos civiles, sociales y políticos son intocables; no admitimos ataque alguno a los principios de nuestra organización política salvo que provengan precisamente de los mismos que la dirigen.

Es por ello que tenemos muy asumido que en nuestros juicios de valor debemos distinguir a los de “dentro” y a los de “fuera”. No es lo mismo lo que ocurre “aquí” que lo que ocurre “allí”. Allí, es el resto; es otro mundo. Esto favorece una visión parcial y limitada en cualquier análisis que nos puede llevar a un reduccionismo de los problemas que limitamos a nuestro propio interés. Es normal preocuparnos por lo que nos parece cercano y no valorar de igual manera aquello que intuimos que no nos afecta, pero el juicio sobre esa cercanía, sobre todo cuando hablamos de derechos humanos, justicia, educación o sanidad, puede ser peligroso.

No es lo mismo que algo malo ocurra les a los de aquí que a los de allí, pero no siempre nos damos cuenta de que si nos despreocupamos de lo que ocurra allí pronto lo tendremos aquí. Los problemas los juzgamos no por lo que son, no por lo que suponen en sí mismo, sino por el lugar en el que ocurren, o aun peor, por la nacionalidad del que los sufre, lo que nos lleva a valorar la vida humana de forma muy diversa en función del origen de las personas. La muerte de tres americanos en una maratón nunca será comparable a la de miles de sirios o afganos.

Algo de todo esto tiene que ver con las noticias que estos días han inundado nuestros periódicos con juicios, reacciones y actitudes que, desde mi punto de vista, añaden un tratamiento hiriente e injusto con la comparación de cuando estas mismas noticias, pero multiplicadas por mil, nos llegan de países en los que estamos acostumbrados a pensar que la muerte no tiene el mismo valor que para nosotros. Cuando ellos mueren todo está muy lejos, pero cuando lo mismo ocurre aquí pone en peligro los cimientos de nuestra sociedad. La de ellos no debe tener cimientos, aunque posiblemente no sepamos, por desconocimiento, que son justamente los mismos.

Hoy, ante una evidencia mínima del problema cercano, clamamos por la falta de medidas de seguridad, por la amenaza que ya se intuye inminente, olvidando que hace dos días era el mismo el que llevaba a las fosas comunes a personas que entonces, y aun ahora, nos siguen pareciendo menos que nosotros.

Supongo que esta introducción me facilita llevaros a dos situaciones que sirven en la misma medida para ilustrar lo que intento compartir: la reciente crisis del ébola o la de los terroríficos atentados en París.

La primera de ellas nos sirvió para entretenernos con nuestra política local; con los que mentían y los que no, con el color de los uniformes, los que debían dimitir en el acto o después de las ruedas de prensa. Pasado el problema de la puerta de nuestra casa, parece que este ha desaparecido; ¿ya no muere nadie? El ébola fue una enfermedad que en España nos atacó al ombligo y el miedo hizo que la mayoría de nosotros nos lo miraramos sin ver más allá.

Prácticamente el mismo día de los atentados en París, pero mucho más lejos, en el norte de Nigeria, una niña de 10 años fue utilizada para explotar una bomba adosada a su cuerpo. La explosión mató a 20 personas. Una noticia más, semejante a las muchas que leemos casi todos los días en las páginas interiores de los periódicos. Era la tercera vez que utilizaban a niñas de esta edad para hacer explotar sus bombas pero aquí no nos enteramos; posiblemente porque esto ocurre en ciudades desconocidas para nosotros del tipo de la que nos ocupa llamada Maiduguri (El Hogar de la Paz). Nada parecido a la glamurosa París; seguro que no tiene ni torre que se ilumine por las noches ni nada que se le parezca, aunque para nuestra desgracia no conozcamos la espectacularidad de sus tres mercados. Tampoco sabremos nada del nombre de las niñas ni el de los fallecidos. El motivo de los atentados en esta lejana ciudad son los mismos que los de París, aunque a diferencia de esta, y solo en su región, los muertos y desaparecidos se cuentan por centenares.

Posiblemente seguiremos pensando que lo de París es diferente; tiene que ver con nuestros valores, la libertad de prensa, la democracia y la superioridad moral. Las manifestaciones de millones de personas en las calles, con todos los Presidentes de los países solidarios paseando unos escasos metros unidos del brazo, nunca se convocarán por un muerto que no sea de los nuestros.

No sé qué os perece pero creo que hay algo que no cuadra en todo esto.

Al fin y al cabo solo hay personas buenas y malas. Esa es la única diferencia. Las que mueren de esta forma son siempre buenas, estén donde estén. Cuando nos demos cuenta de ello habremos empezado a ganar muchas más batallas que la del terrorismo.

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Published by raulburillo.over-blog.es
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Comentarios

empresa telecomunicaciones Madrid 02/10/2017 13:57

Esperemos que lo de los atentados del París no se vuelvan a suceder aunque con estas personas nunca se sabe, excelente post y enhorabuena por volver a tomar las riendas del mismo, mucho ánimo

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