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13 enero 2014 1 13 /01 /enero /2014 20:03

En teoría política España tiene poco que “inventar” y lo que se le puede atribuir está perdido en el baúl de la historia. Fernando el Católico fue el prototipo del Monarca Moderno,  poniendo con su figura  el punto final a la Edad Media, adornando su corona con una nueva concepción del poder del Estado y el papel que en él debía ocupar un rey absoluto. Era el ideal de Maquiavelo: el Príncipe perfecto. Desde entonces poco hemos aportado; nuestra democracia liberal fue demasiado temprana y la aplastaron los 100.000 hijos de… San Luis.

 

Años más tarde, cuando nos dejaron apuntarnos al liberalismo conservador lo hicimos tarde y mal, y no dejaba de ser una mala copia de las de nuestro entorno más avanzado, plagada, eso sí, de corrupción y caciquismo.  Para salir de la profunda depresión de nuestra realidad, perdidas Cuba, Puerto Rico y Filipinas, no se nos ocurrió nada mejor que la Dictadura de Primo de Rivera,  con sus aires regeneracionistas e ilustrados pero que no dejaba de ser una asonada militar más. La experiencia de la “Dictablanda” quedo interrumpida por una esperanzadora democracia republicana en una España que no sabía leer ni entender que sin educación y tolerancia la democracia no existe; un país convulso entre extremismos mundiales y tensiones económicas  no dejaba lugar a experiencias pacíficas.

 

Nuestro nacional-catolicismo con uniformes fascistas nos situaba en la prehistoria europea y así durante cuarenta años. Y aquí estamos…aguantando a sus herederos, como si cuarenta años fueran pocos.

 

Lo bueno que tiene este desastre, camuflado como desfase histórico, es que lo que nos ocurra a nosotros ya lo han sufrido los que tenemos por delante, por lo que podemos “anticipar” el destino que nos espera. Esto, claro está, si no hacemos nada para remediarlo ya que en las ciencias sociales, como lo es la política, raramente podemos afirmar que siempre dos más dos serán cuatro. No solo podemos vernos reflejados en plan “déjà vu”, sino que podemos anticipar nuestro futuro en aquellos países que más se parecen a nosotros.

 

Italia me encanta. Tenemos que aprender de ellos tanto en lo bueno como en lo malo. Podría hablar mucho más de lo bueno que de lo contrario, pero con todo el cariño del mundo me voy a decantar en esta ocasión por lo menos bueno.

 

El “doroteísmo” sacudió el sistema italiano y acabó dinamitándolo. Se refiere este concepto al poder sin principios. El poder por el poder. El poder y su conservación por encima de todo. El vaciamiento ideológico de los partidos políticos que solo aspiraban al poder, limitándose los ciudadanos a ratificar la ocupación partidista del Estado y seguir repartiendo, de esta manera, cargos y fondos que les aseguraran la continuidad en el poder. Ello originó incluso la complicidad de los partidos de la oposición “oficial” dando lugar a la “lottizzazione”, creando redes clientelares que aspiraban a favorecerse de esta connivencia económica con el poder, favoreciendo el “sottogoverno” y la permisividad del poder con sus partidarios. Ello generalizó la corrupción y la famosa “tangentopoli” y la colusión entre intereses públicos y privados, que allí derivó en su conexión con la delincuencia organizada de las mafias.El sistema cayó agotado por su ineficacia.

 

La lección no termina ahí, porque si importante y premonitorio de lo que va a suceder en España resulta su lectura, aun lo es más conocer y recordar qué ocurrió después de la debacle italiana. Las formas de permisividad con el poder y las connivencias económicas eran tan fuertes que el modelo se transformó, resucitando en planteamientos demagógicos y populistas.

 

Los “Berlusconis” de turno nos esperan a la vuelta de la esquina. Pero eso será después,  aquí aun tenemos que acabar con nuestro “tangentopoli” patrio. Centrémonos en ello pero estemos vigilantes a los demagogos.

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Published by raulburillo.over-blog.es
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