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4 septiembre 2012 2 04 /09 /septiembre /2012 23:45

Un conocido, muy docto en la materia, me dijo en una ocasión “la tercera guerra mundial tendrá su origen en una reunión de junta de vecinos”.

 

Seguro que no, pero con sus palabras recogía la esencia de lo que ocurre en muchas de estas reuniones: los que saben de que va la “fiesta” dejan hablar a los que no, que se entretienen con sus anécdotas con el vecino/a de arriba, llegando incluso “a las manos” si la cosa se pone inaguantable, o lo dejan solo en agria disputa, de tal forma que cuando ya están todos agotados de discusiones baladíes dejan sin tratar los temas importantes de verdad… y así hasta el año que viene que pasará lo mismo.

 

Es muy emocionante ver la manipulación de los “listos”, sobre los que lo son menos, y como estos últimos salen de la reunión rojos y acalorados por sus discusiones intrascendentes, mientras que los “manipuladores” –para que me entendáis- lo hacen la  mar de ufanos.

 

Esto os lo cuento porque en pocos días tengo la mía, mi reunión de Junta de Vecinos, y hay que tomar decisiones importantes. La verdad es que no sé qué hacer. Creo que os lo voy a explicar desde el principio y tal vez alguno de vosotros me pueda ayudar.

 

Vivo en un edificio antiguo, de esos con nombre propio en la entrada que ya no se llevan aunque, para qué nos vamos a engañar, con  una solera que no puede ocultar los graves problemas en sus estructuras e instalaciones. Está situado en lo que era la parte noble de la ciudad, allí donde esta vivía su pulso y  constituía el alma de la buena sociedad. Cierto es que dentro de esa parte noble otras zonas se conservan, aun hoy, en mejor situación y siguen siendo pujantes ante los nuevos “centros” de la actual ciudad moderna. Estos nuevos barrios de expansión han ganado la batalla a los de “toda la vida”, con sus adosados, sus grandes centros comerciales y sus vecinos  “new life style”, o nuevos ricos, como se les llamaba antes.

 

A pesar de todo me gusta donde vivo. Es un edificio alegre y  soleado y  por la cantidad de fotos que le hacen los turistas que pasan por allí debe de tener un gran atractivo. Claro, no nos engañemos,  lo que fotografían es su  fachada modernista con toques gaudianos y no a sus vecinos, o sea a los que vivimos en él, porque no tengo yo tan claro que los vecinos estemos a la altura de la belleza de nuestra “famosa” fachada.

 

La verdad es que somos de lo más variopinto, pero lo que de verdad nos une es que todos llevamos viviendo en el edificio toda la vida e, incluso, los más jóvenes, si  viven allí, es porque heredaron la finca de sus progenitores, como estos a su vez hicieron con los suyos.

 

Cuando hablas con cada uno de ellos todos parecen presumir de su antigüedad en el inmueble, por lo que su opinión sobre cualquier tema resulta ser la más importante. Menudos humos que tienen -o tenemos- todos. Cuando me encuentro en el ascensor con el pobre Don Ramón, que vive en el tercero centro, uno de los que dan sus ventanas al patio interior, amenaza con que como no le hagan caso en su petición del Disney Chanel de la parabólica coge y se va a vivir a un chalet bien lejos de todos. ¡Qué tío! ¿Cómo  pagaría el chalet?

 

Lo cierto es que las reuniones de vecinos de nuestro edificio son agotadoras. Nos pasamos, año tras año, discutiendo los mismos problemas en vez de poner solución a los verdaderamente importantes. Necesitamos un ascensor nuevo y cambiar todo el sistema de calefacción pero por lo que se ve eso puede esperar. Lo importante es lo de siempre. ¿Y que es lo de siempre? El dinero y su reparto.

 

Nuestra comunidad se debería regir como todas, en función del número de metros del piso

 que, a su vez, fija la cuota de participación en los gastos comunes. Lógicamente los gastos comunes aun llamándose así, “comunes”, no afectan a todos por igual. Por poneros un ejemplo, Don Ignacio, el de la planta baja, nunca utiliza el ascensor, o Doña Juana, la del segundo derecha, desde que partió peras a grito pelado con Belén Esteban (Doña Juana en el salón de su casa y Doña Belén en los estudios de Tele 5) juró no ver más la televisión y pidió a nuestra Presidenta, santa paciencia la suya, que a ella no le pasarán nunca más la parte del recibo de mantenimiento de la antena colectiva. No le hizo caso, claro, y así están las cosas entre ellas.

 

Otro tema de gran entretenimiento en las reuniones es el consumo de agua. Por razones que se pierden en el tiempo los pisos, salvo una excepción que ya os diré, no tienen contador de agua individual, por lo que el recibo de agua es de pago común y único. Todos pagamos el agua de todos. Eso para las reuniones es demasiado fuerte. Don Jorge, del ático, tiene la manía de contar las veces que se duchan sus vecinos de abajo, a los que llama despilfarradores cuando les tocan las narices y Don Anacleto, mayor ya el hombre, y ajeno a las nuevas modas de ducharse todos los días, tiene la manía de, “a lo misión imposible”, entrar en el cuarto de calderas subrepticiamente y cortar el agua para ahorrar, dice él. Impresionante.

 

Con estos ejemplos os haréis una idea de lo animado que es asistir a una de estas reuniones y  la  de energía que se gasta para nada. Y eso que fríamente analizado el sistema es lógico si quieres vivir en comunidad. Los metros del piso es una extensión analógica del principio económico de riqueza y del jurídico de progresividad, de tal forma que pagará más el que más tiene, sufragándose de forma justa los gastos comunes en beneficio de todos, aunque algunos utilicen menos unos servicios que otros.

 

Imaginaros el caso de Alfonso y Carmen del sexto centro, un matrimonio joven y en paro, que viven con la madre de él y con un hijo en silla de ruedas. Siempre están usando el ascensor y te los encuentras al dos por tres apurados, abriendo y cerrando  las puertas, conscientes de que sus maniobras son lentas y que otros pueden estar esperando. Pobres de ellos si tuvieran que pagar por su uso real ya que les deberíamos aumentar el recibo y multiplicárselo por tres. Pero así son estas cosas, hoy por ti y mañana por mí.

 

Como os estoy contando creo que ahí está el problema, en el dinero; en los gastos y en su reparto y sobre todo en unas normas un tanto peculiares que se aplican en nuestra Comunidad y que no creo que sean muy habituales en otras. Lo mejor será que os informe a ver qué opináis.

 

Don Ignacio, que ya os he comentado que vive en el bajo, es un señor de rompe y rasga. Esta casado con Doña Begoña y tiene dos hijos, Iker y María José. Don Ignacio es bisnieto del promotor del inmueble y por unos problemas muy antiguos de herencias en la sucesión del negocio, su bisabuelo estableció unas normas específicas que sólo se aplican a su piso. A pesar del tiempo transcurrido estas normas se siguen respetando, y eso que ni el propio Don Ignacio está contento con ellas. La verdad es que por lo que cuentan su abuelo ya quiso marcharse del edificio descontento con su hermano, más liberal o menos conservador a la hora de llevar los negocios de la familia. El bisabuelo no quería que se fuera y  estuvo toda la vida convenciéndole de  que en ningún sitio iba a vivir mejor que allí, con el resto de su familia. No obstante él se resistía por lo que llegaron a un acuerdo. Este consistía en que su casa, su piso, no pagaría gastos de comunidad ni contribuiría más que con un cálculo exacto y riguroso de lo que fuera su utilización de los servicios comunes. Por ejemplo, como ellos viven en el bajo jamás han pagado gastos de ascensor. No os digo más que el único contador de agua individual que se instaló desde el principio de los tiempos fue el de su piso. En definitiva, ellos no contribuyen a la Comunidad sino que pagan por todo en función de lo que consumen. Ni solidaridad con el resto de los vecinos ni gaitas: paga solo por lo que usa.

 

Lo curioso del tema es que en las reuniones uno de los puntos recurrentes del orden del día siguen siendo las quejas de Don Ignacio para con el resto de la Comunidad y su permanente amenaza de abandonar el edificio. Es un maestro y  saber jugar con los sentimientos de la mayoría de vecinos, que le suelen pedir, sorprendentemente, que no se vaya y que siga viviendo en esta, nuestra Comunidad. En pocas ocasiones, aunque últimamente alguna más, acuden a las reuniones Doña Begoña con su hija María José, mucho más conciliadoras y con un mensaje más positivo con respecto al resto de los vecinos, pero por supuesto nunca han dicho nada de dejar de disfrutar de sus peculiaridades “históricas”.

 

Cuando verdaderamente se arma la gorda es en las ocasiones en las que Don Ignacio acude con su hijo Iker. Se las saben todas los dos provocando al resto de los vecino; de hecho han amenazado que en las próximas reuniones el único representante de la familia en la reuniones será solo el hijo…………Oye pues ni aun así hay vecinos que les inviten de una vez por todas a hacer realidad su "sueño" de dejar la Comunidad. Supongo que Doña Begoña se hace querer y Don Ignacio, que tiene mucho dinero, sabe moverse en estas situaciones como pez en el agua. Al fin y al cabo son los nietos de los promotores y cariño siempre hay.

 

La cuestión que nos ocupa la próxima semana no es ninguna tontería. Don Jorge, el del ático, tampoco se queda atrás en listo y en dinero. Resulta que como su piso es muy grande le corresponde una cuota de participación muy alta en los gastos comunes. En definitiva, lleva tiempo alegando que su familia paga más  cuota que los beneficios que recibe de la Comunidad y que ya vale de hacer el tonto. Que la solidaridad tiene un límite, que él ha viajado mucho y que en las comunidades de vecinos alemanas no hay que pagar más que  lo que reciben, y como mucho un 4% más, que es lo único suplementario que está dispuesto a pagar. Y hasta aquí hemos llegado. Y  a ver quien es el guapo que le dice que no, cuando esta, nuestra Comunidad, lleva años admitiendo lo de Don Ignacio sin rechistar. Al fin y al cabo lo que él propone es más justo porque él si que está dispuesto a pagar más que lo que recibe a cambio y Don Ignacio no lo hace ni en un euro.

 

Lo cierto es que la situación se las trae. Los vecinos más desfavorecidos saben que si los más ricos, con los pisos más grandes, ponen menos dinero a la Comunidad serán ellos los que tendrán que poner más.

 

Llevo tiempo pensando en ello y por más vueltas que le doy no encuentro una buena solución. Estas podían ser:

 

1ª Mantener todo como estaba y aguantar a Don Ignacio protestando y a Don Jorge todavía más y con toda la razon.

2º Decirles a los vecinos que quien quiera vivir en esta, nuestra Comunidad, lo hará con las mismas reglas iguales para todos y pagarán en función de los metros de sus viviendas y por supuesto que quien no esté a gusto se puede marchar, o pagar de su bolsillo los arreglos necesarios para que su piso funcione como un chalet independiente, con sus propias instalaciones, aunque supongo que le saldrá mucho mas caro están en su derecho.

3º Autorizar a todos los vecinos que quieran el mismo régimen de cuotas que solicita Don Jorge. Lo que es obvio es que no hay derecho que se justifique en la historia y que el presente no pueda asumir si lo pide un vecino con toda la razón. La petición de Don Jorge se basa en el mismo planteamiento que se le respeta a Don Ignacio y por tanto si vale para uno vale para todos. No es justo pensar que será la ruina para la Comunidad si lo hace el del ático pero que sí se puede mantener si solo se aplica el del bajo. Seamos consecuentes.

 

Al fin y al cabo creo que  lo único que todos queremos es  vivir  lo mejor posible y tengo la impresión de que no lo haremos hasta que no terminemos con estas discusiones

 

Os pedía ayuda. ¿Cuál creéis que es la solución para el edificio “España”?

 

 

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Comentarios

amadeo de saboya 09/20/2012 10:48

Tiene su gracia el tema.

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