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28 enero 2014 2 28 /01 /enero /2014 20:02

La política es teatro, puro teatro y del bueno. No sé si la obra es cómica, tragicómica, de misterio o posiblemente entre de lleno en el esperpento de Valle –Inclán. Lo que sí que es cierto es que los políticos profesionales son unos estupendos actores, que se aprenden el guión, muchas veces sin entenderlo, pero que lo repiten con la convicción de quien se gana la vida con ello. Los autores de la obra nunca aparecen en el escenario y mucho menos los productores. En democracia el poder siempre permanece oculto; quienes escriben el guión y pagan la puesta en escena siempre permanecerán ocultos. Lo que ves son actores.

 

La obra en todo caso es de época y rezuma la falsedad de los decorados de cartón y el juego de luces que recrea espacios abiertos que no lo son. Tragaluces falsos y “Fundaciones” mutantes en hologramas que representan cárceles reales, ocupan el espacio en el que nos quieren hacer creer que todo está ocurriendo también en el patio de butacas. El público ha aplaudido durante años pero cada vez es más fácil darte cuenta del largo camino que les separa de  la realidad. Los actores se mueven cada uno con el disfraz de principio de siglo que marca su personaje: el conservador, el liberal, el socialista….Todos llevan el atuendo adecuado para motivar la identificación del público con su personaje pero se les nota que hay algo que no cuadra. Me recuerdan a esas películas de romanos en cinemascope; aquellas superproducciones de los años 50 del siglo pasado que combinaban la túnica romana con los estilismos de peluquería de esa década. Divina Liz Taylor. Las actrices no renunciaban a su peluquero y tanto disfraz no podía ser. De algo así hablamos: falsedad con una gran puesta en escena y aplausos a los romanos de cartón.

 

Las ideologías son los disfraces de la política actual. Disfraces antiguos, cosidos y recosidos por discursos sin hilo conductor. Vacíos. El decorado  de la obra se construye sobre el entramado jurídico institucional que acompaña al devenir de los personajes que interpretan su obra en el flamante edificio que se construyó en 1978, ante la alegría general de los que nos gusta el arte, pero que necesita profundas reformas para evitar que se hunda.

 

La realidad se oculta, todo es interpretación. Interpretaciones de personajes que se disputan el papel de “buenos” y en el que el público hacia suyos como tales a aquellos con los que más a gusto se sentían al ver su disfraz. La trampa está servida y más en este país. Los actores ya tiene copados los papeles principales y  no quedan más disfraces de época. Yo soy la derecha, dicen unos; la izquierda es mía, dicen los otros confiados. Nadie mas cabe. Craso error el que aspire a representar un papel que ya tiene asignado intérprete. Quedará fuera de la representación. Solo había un Romeo y Julieta no tenía rival.

 

Ellos lo saben; les interesa que los contrincantes quieran ocupar un espacio en su obra para expulsarles de ella de forma inmediata. El patio de butacas está educado y sabe cuándo aplaudir; esto no es una ópera, en la  que siempre es más difícil saber en qué momento experimentar el ridículo de quedarte solo calentándote las manos. El voto útil los ha educado y saben que para aplaudir a destiempo siempre les quedará el flamenco. El que quiera saltar al escenario a estas alturas de la representación diciendo que es de derechas, de izquierda o de centro está muerto. No tiene personaje. El que lo haga está muerto, pero el que quiera hacerlo sin disfraz aun sufrirá más. “Fascista” le llamarán al unísono; o entran por el aro o se quedarán con un papel infame, el de “fascistas”.  No querer admitir las reglas del juego en esta comedia tiene su castigo. Quien no se vista con un disfraz de época no actúa o el malo. La trampa es genial.

 

Las ideologías son doctrinas cerradas que buscan un mundo feliz basado en relatos de ficción. Soluciones mágicas a problemas reales que llevan a  ortodoxias férreas que solo explican el mundo bajo el prisma de su cristal. Tanta ortodoxia no sirve ni para ellos, que solo conservan de su papel el disfraz que los adorna. Hace años que ni  los actores creen en sus personajes pero mantendrán el disfraz hasta que el público se de cuenta de que ya no sirve para identificar a los personajes. Puro artificio textil que aun sigue levantando los primeros aplausos que arrastran a los de los cada vez menos convencidos. Algún día alguien gritará: “El Rey está desnudo”.

 

La diferencia ya no son los disfraces, que más que separarlos los unen en la representación. Lo que les separa son los intereses a los que sirven. Intereses forjados durante años de cómodo gobierno al servicio de quien paga la obra mientras el público aplaudía rápidamente esperando salir cuanto antes de lo que cada vez más les aburría, y disfrutar de ”su” fútbol y  de “su” Belén, que sin duda les entretenían mucho más. La vida es sueño y la política la adormecieron de forma consciente.

 

Toca cambiar. Toca cambiar de actores y de representación. Busquemos los mejores cambios. ¿Y la razón? ¿La lógica y el conocimiento pueden sustituir  de forma eficaz a los disfraces?

 

 

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Published by raulburillo.over-blog.es
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Comentarios

ANA 01/28/2014 21:44

Como siempre fantastico, dices una verdad como un templo, yo creo que hay que dejar la cara y la cruz que es lo que la gente vota y ver otras alternativas.

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