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6 marzo 2011 7 06 /03 /marzo /2011 21:28

Poderes divididos.

 

A todos nos viene a la memoria la figura de Chales-Louis de Secondat, más conocido entre nosotros como Barón de Montesquieu, cuando queremos hablar de la importancia que tiene para la democracia la división de poderes. No cabe entender nuestro sistema de gobierno democrático sin cumplir con una de las bases sobre la que se creó: separar el poder del gobierno ejecutivo de aquel otro que dicta las leyes y sobre todo del que dirime los conflictos en su aplicación. Esta es sin duda la más importante de las garantías que cualquier sistema democrático que se precie debe poner a disposición de los ciudadanos y  con  se articula la“prueba del algodón” para  gobiernos de dudosa implicación en la causa de la justicia igual para todos.

  

Es un lugar de encuentro, por tanto, citar a nuestro querido Montesquieu a la hora de recriminar cualquier atisbo de intromisión de uno de estos poderes, normalmente el ejecutivo, en cualquiera de los otros dos,habitualmente el judicial. Suele olvidarse, o no interesa en la misma medida, recordar cuál era la argumentación completa del filósofo francés.

 

Montesquieu era conocedor de que un número limitado de personas “poseen grandes fortunas y por tanto poca moderación” y que por ello el “bien público podía ser sacrificado en beneficio del objetivo privado de un centenar”. La división de poderes supondría un freno a la codicia desmedida de unos pocos además de asegurar la compatibilidad del ejercicio de las libertades “republicanas” a los ciudadanos. Pero sobre todo, y esto es importante, preservaría al mismo tiempo la suficiente competencia política y legal como para resistir a la corrupción interna y a los enemigos internos ("aquellos que actúan con la misma ambición que las grandes fortunas pero ocupando los sillones del poder"). El mensaje era claro: ante el poder económico de unos pocos y el poder político de los corruptos “internos” Montesquieu proponía un sistema de gobierno basado en la articulación separada de poderes, de tal forma que cada uno de ellos sirviera de contrapeso y vigilancia de los otros dos.

 

Trescientos años más tarde parecen existir los mismos problemas. La ambición desmedida de unos pocos propietarios de “grandes fortunas” convive con la de los “corrutos internos” a los que se refería el Barón. ¿Y la división de poderes? ¿Existe?, ¿Es el freno a esta ambición desmedida de unos y otros? Creo que a pocos les queda alguna duda de que la división de poderes tal y como la concebían los autores clásicos de la teoría democrática no existe en la práctica, al menos tal y como está diseñada en los textos legales y constitucionales mucho más cercanos a la ortodoxia “clásica”.

 

La democracia directa que aseguraba la participación en los asuntos públicos de los ciudadanos de las polis griegas, de las repúblicas italianas y de los condados británicos, tanto  electores como elegidos (el sorteo de cargos públicos entre los más preparados formaba parte de la esencia de la democracia para los dos primeros), se ha transformado en otra cosa. Los partidos políticos y su irrupción a finales del siglo XIX en el escenario del gobierno democrático han variado las reglas del juego, no suprimiéndolas pero si reinterpretándolas

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Los partidos políticos son desde hace más de un siglo el canal –realmente el único efectivo- de participación de los ciudadanos en el sistema democrático. Esto es así para algunos; para otros es justamente lo contrario, es el muro de contención que evita la participación real de los ciudadanos en la política. El efecto que han producido los partidos políticos en la división de poderes no debería dejar a nadie indiferente. Desde la dirección del partido que gobierna se decide la política ejecutiva, la política legislativa y los nombramientos en órganos jurisdiccionales. Desde la dirección de los partidos que no gobiernan se aspira a hacer lo mismo que el que gobierna.

 

Los mecanismos para “imponer” sus decisiones eran desconocidos hasta entonces: la disciplina de voto de los partidos anula la prohibición del mandato imperativo, la inexistencia real de consecuencias jurídicas ante el incumplimiento de las promesas electorales deja las manos libres a los partidos del compromiso con los electores, las listas cerradas, el desembarco de afiliados- sin más mérito conocido que la militancia- en las estructuras profesionales administrativas, superponiendo la de los partidos a las propias de las Administraciones, está acabando con el conocimiento técnico profesional y esto especialmente en los órganos de las Administraciones territoriales menores a la del Estado, donde los cuerpos profesionales aún resisten, actuando de contrapoder,…en definitiva mecanismos que aseguran que por encima de la división de poderes siempre se impondrá el criterio del partido

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¿Y el poder judicial? ¿Es suficiente el control de este poder con el nombramiento de algunos Magistrados en las Cortes Supremas o Superiores por otros poderes también controlados por los partidos? Este es uno de los temas más controvertidos y de mayor interés actualmente. Si recordábamos a Montesquieu y a sus tres poderes divididos, interesante resultaría recordar a alguien que fue su fuente de inspiración y el verdadero precursor de la teoría de la división de poderes, John Locke, padre del liberalismo inglés y mucho más olvidado  que el francés cuando se trata de citar fuentes eruditas, especialmente cuando queremos referirnos a dicha teoría. La explicación es sencilla; para Locke la división se producía entre dos poderes: el ejecutivo y el legislativo. ¿Y el judicial? Estaba dentro del ejecutivo. Para él era obvio que el poder judicial, la aplicación contradictoria de las normas, era también poder ejecutivo.

 

 Para buena parte de los que nos gobiernan y nos gobernarán, el gran problema sigue siendo el control del poder judicial ante unos jueces y  fiscales profesionales e independientes al 99%. Determinar cuáles son los mecanismos de los que dispone el poder ejecutivo para controlar a un poder judicial sospechoso de ser el único que forme parte de un poder unitario más amplio, que está dividido formalmente, y que corre el verdadero riesgo de “ir por libre” es el gran reto.

 

Y esa es la historia en la que nos encontramos en este momento. La judicialización de la vida política esconde la politización judicial y el deseo político de ahogar la independencia judicial con su descrédito......

 

Pero esto forma parte ya de otra entrada en la que continuaremos.

 

 

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Published by raulburillo.over-blog.es
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Comentarios

Alva 03/14/2011 16:50


Interesante tu blog. Espero que sigas escribiendo sobre la vida actual. Bienvenido a la comunidad Pensamiento global. Saludos cordiales.
Alva


raulburillo.over-blog.es 03/14/2011 22:57



Gracias , asi lo intentaremos


 


 


 



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