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25 septiembre 2012 2 25 /09 /septiembre /2012 23:32

Parece que la vida es circular. La sensación de estar condenados a repetir las mismas situaciones o de merodear siempre por los mismos lugares creo que la tenemos todos. Tal vez por ello me ha tocado viajar y cambiar de residencia tanto como lo hicieron mis padres cuando yo era un niño. Mis recuerdos de infancia están unidos a aquellos coches con olor  a gasolina quemada, en los que los chavales nos retorcíamos de aburrimiento en viajes interminables por las recordadas carreteras generales.

 

Aquellos largos itinerarios eran divertidas aventuras  en las que, por ejemplo, la opción de adelantar a un camión se sometía a un plebiscito popular en el que mi madre siempre defendía la opción del “no”. La nuestra no debía ser una familia muy democrática porque con un solo voto a favor del NO ella conseguía imponerse . La verdad es que jugaba con ventaja, porque si la maniobra resultaba apurada – que con aquellos “cochazos” era lo normal- solía recordarnos aquello de “si ya lo dije yo que no debíamos adelantar”.

 

Las carreteras generales eran insufribles. Se caracterizaban por la lentitud de la circulación, en la que rivalizaban camionetas, seats seiscientos y simcas mil, entre otras joyas de la automoción, hoy veneradas y ayer sufridas. Parábamos constantemente con serias amenazas de poner el coche perdido con los vómitos de mi hermano. Gracias a ese truquillo podíamos disfrutar en los bares de carretera de una mirinda, o mejor aún,  con una cocacola “del tiempo”, eso sí, con dos vasos para repartir. Los de la época lo entenderán.  Otro de los hitos inolvidables de aquellas carreteras eran los pueblos. Las carreteras pasaban por el centro de todos y cada uno de los que aparecían en su camino. Eran nuestro entretenimiento, la de mis hermanos y mía, y la desesperación de mi sufrido padre.

 

De rodillas en los asientos de atrás –las sillas de seguridad y demás inventos similares debían estar todavía en los laboratorios - nos encantaba saludar a la gente que salía a pasear por la carretera, en lo que  para ellos era las afueras de su pueblo. Los domingos lo hacían con sus mejores galas, seguramente al terminar la misa de mitad de la mañana. Muchos de ellos nos devolvían el saludo, lo que constituía nuestro mayor triunfo y motivo de una vergüenza tremenda, por lo que nos escondíamos tumbándonos de inmediato muertos de la risa.

 

Y así un pueblo detrás de otro. Todos las mismas costumbres, las mismas personas, el mismo recorrido: quinientos metros de paseo por la carretera y vuelta.

 

Viajar es una fuente de conocimiento filosófico, o algo parecido. Si nolo haces habitualmente y siempre has  vivido en el mismo lugar, si apenas has salido de tu casa, puedes llegar a creer que eres único, el centro del universo, el ombligo del mundo; magnificar los problemas, creer que las cosas siempre son como tú piensas. Muchas veces me vienen a la cabeza aquellas sensaciones que me producían nuestros viajes en carretera, cuando no existían las autovías o las autopistas y gracias a ello podíamos “conocer” fugazmente a aquellas personas. Todas eran iguales, las mismas costumbres, los mismos trajes, la misma distancia de paseo. Era el principio de la relatividad humana. Nada de lo que te pase a ti le habrá dejado de pasar a millones de personas antes.

 

Desde entonces siempre he  intentado sacar consecuencias “transcendentes” de mis viajes. Si os contaba esta pequeña anécdota de niñez, de esas  que te acompañan toda la vida, os comento otras similares que tienen que ver con algo así como la “dimensión  de la relatividad espacial” de los mismos.

 

Me ha tocado por diferentes razones personales y laborales viajar mucho en avión. Siempre me ha gustado y por eso siempre he solicitado “ventana” cuando la señora de facturación me lo ha preguntado. En otras ocasiones que disponía de “pasillo” me he ofrecido voluntario para cambiar el asiento a los muchos sufridores que viajan en avión porque no les queda más remedio, pero que su cara de descomposición orgánica y mental reflejaba que aquel era el último lugar del mundo donde les gustaría estar. En definitiva, me gusta mirar por la ventana cuando viajo en avión en esas soporíferas horas de vuelo después de las no menos soporíferas reuniones de trabajo.

 

Sobrevuelas una ciudad, una región, un país…todo en apenas minutos. Todo te parece igual. Visto desde arriba la vida es más  pequeña, nada justificaría sentirte de aquí o de allí. Pensar que los de detrás de esa montañita se sienten diferentes a los que están delante de la misma montañita, visto desde arriba, puede causar hasta compasión de padre con su hijo pequeño. Lo lógico es pensar que todos somos de “ahí abajo”. Fijaros si  he intentado sacar conclusiones de mi “filosofía de los viajes” que mi opinión sobre el “contencioso de Gibraltar” cambió radicalmente cuando la vi desde el aire. Me pareció tan insignificante el dichoso peñón, que incluso llamarlo así reflejaba que claramente el nombre se lo habían puesto al mirarlo desde abajo, porque lo que era desde arriba era una tachuela. ¿Aquello era Gibraltar? ¿El de”Gibraltar español”? Anda ya, no merece ni un segundo de mis preocupaciones. Lo que os digo, la filosofía de la dimensión espacial de los viajes.

 

Después de muchos años la vida me ha llevado a la ciudad donde nací; en la que nacieron mis hijos y en la que viven mis padres. Como muchas de las ciudades de este tipo tiene una serie de “peculiaridades” no muy acordes con mi forma de ver la vida pero esa es otra historia. A pesar de ello, es una ciudad moderna que combina sus aires tradicionales con una ambientación europea cada vez más evidente. Ciudad cómoda y agradable para vivir si alguien cerrara la ventana que tan habitualmente se dejan abierta en el Moncayo, pasando un aire en forma de vendaval helado con el que los esquimales se sentirían como en casa. Una de las ventajas de mi ciudad es la bicicleta. Posiblemente una de las ciudades en las que más se puede disfrutar de ella cuando no sopla el dichoso vendaval citado.

 

No sé si montar en bici es viajar, pero desde luego lo que sí que sé  es que es un medio extraordinario para relajarte y encontrarte contigo a solas un buen rato y reflexionar sobre lo divino y lo humano. En mi opinión más que para practicar “filosofía de los viajes” creo que sirve para realizar análisis psicológico del ser humano. A ello dedico buena parte de mi tiempo sobre la bici.

 

Pasear por la ciudad en dos ruedas es un reto para los estudiosos de  la caracterología y  tipología humana y, en consecuencia, a tu sentido de la anticipación sobre los movimientos que realizarán las personas que circulan a pie 50 metros por delante de ti. El carril bici y las aceras anchas por las que circulan las bicicletas son una dura prueba a la madurez de los ciclistas. Existen dos sistemas para evitar accidentes: el intuitivo, cuyo éxito depende de las probabilidades matemáticas, y el científico, que es el que yo uso. Este último se basa en el estudio y clasificación de las personas y de su comportamiento, y en base a ello de las posibilidades de cruzarse en el carril bici o en la acera justo en el momento en que el que tú estás pasando. Y eso en pocos segundos; los que tardas en divisarles y cruzarte con ellos. Pura ciencia.

 

Me gustaría compartir con vosotros mi clasificación científica de los peatones a ver si os parece interesante y útil:

 

a) Nos encontramos primero a los peatones que podemos llamar “familiares”.Se caracterizan por no mirar nada de lo que les rodea más que a los hijos pequeños a los que suelen llevar alegremente de la mano pegados al carril bici, y cuando te acercas a ellos con todo el cuidado del mundo pegan un grito de horror y  le echan un broncazo al ciclista de muy señor mío, supongo que por no echárselo a ellos mismos.

 

b) Están también los peatones “genéticos” que son aquellos a los que su físico condiciona sus movimientos. Un ejemplo es el señor “chaparrete” que anda con oscilaciones y los brazos en jarras, de tal forma que siendo pequeñito es capaz de ocupar toda la acera sin saber a ciencia cierta si va a ir por la derecha o por  la izquierda. Es el que más nerviosos me pone.

 

c) Nos encontramos después con el peatón “pareja”. Hay que contar que realmente son dos  y pueden ocupar posiciones distintas.  Si son jóvenes van pegados y  el amor les impide tener claro si van o vienen. Con unos años más, de mediana edad, ya no van pegados  y la cara de cabreo les impide saber si están juntos o van por libre, por lo que pueden terminar cada uno por un lado de la acera. Con más años todavía, saben perfectamente donde van pero con la peculiaridad de que el marido lo hace  por delante y la señora por detrás. Si hablan, él no se vuelve. Si estas parejas pasean con otras de su quinta hay que saber que ellos van muy por delante y ellas muy por detrás. El ziz-zag es recomendable.

 

d) Para terminar con este resumen están los peatones “políticos”, que son básicamente de dos tipos: los de intereconomía, que no se apartan del carril-bici por convicción política,  ya que las bicicletas son de izquierdas y sus carriles de socialistas, y los neoconservadores, los que tampoco se apartan porque de toda la vida allí había una acera y quien quiera ir en bici que vaya por la calzada.

 

Me podría extender con los peatones “señoras que salen juntas cogidas del brazo”, “ejecutivos agresivos pavoneándose en traje” o “amigos separados de cincuenta que se comen el mundo”. Todos ellos tiene unos rasgos que les caracterizan y sirven para, anticipándote, evitar que terminen debajo de nuestras ruedas.

 

Como veis esta forma de viajar, de desplazarte, nos sirve también para analizarnos, para darnos cuenta de cómo somos y cómo nos comportamos. Pero si yo he llegado hasta aquí es para contaros lo que me pasó el otro día. Supongo que pensareis que al hablar de estos temas me he debido volver un poco loco, o tal vez os quiero entretener con banalidades. No digo que no, pero si vosotros también habéis llegado hasta aquí espero que leáis lo que os quiero contar.

 

Ocurrió uno de los últimos días que surcaba el carril bici a una velocidad inadecuada por excesiva, aunque la verdad es que apenas me cruzaba con nadie. Yo, fiel a mi costumbre de ir atento a la tipología del peatón, realizaba un diagnóstico rápido de aquellos que podían cruzarse en mi camino, hasta que los vi.

 

No paseaban cerca del carril-bici, pero enseguida llamaron mi atención a pesar de que estaban alejados de mi camino. Dirigían sus pasos en la misma dirección que yo, por lo que los divisé de espaldas. Era una pareja de edad avanzada. Ella, de pelo corto y compostura de las que han trabajado mucho en esta vida. La ropa, muy sencilla, dejaba entrever lo modesto de su existencia y lo complejo de su economía. Su pareja, de la misma estatura que ella, también llevaba el pelo muy corto, casi pincho. Vestía de forma similar a ella, anunciando  de forma definitiva que el dinero no sobraba en casa de la pareja, pero mostrando aun más claramente el orgullo de quien sabe que todo lo que tiene es suyo y nadie se lo ha regalado. Posiblemente formen parte de esa legión de personas que rezan  cada noche para que no les quiten a ellos lo que les debían quitar a otros, los mismos que se empeñan en recortar a los que menos tienen.

 

Pero parejas como estas hay muchas. Muchas no, pocas, porque lo que me llamó la atención me dejó perplejo. Caminaban abrazados, muy abrazados. Los brazos de ella rodeaban la cintura de él y los de él se apoyaban en los hombros de ella. Aún desde lejos podía observar e imaginar la ternura de sus miradas y de sus palabras, porque ella acariciaba a cada paso que daba la espalda de él y él la apretaba con amor. No me parecía normal. ¿Es normal tanta ternura en personas de su edad? Supongo que sí, pero no lo había visto de esa forma en una pareja que yo presumía con muchos años de convivencia.

 

Ahí estaba el truco –pensé-, serán de esas parejas de gente mayor que se han conocido en un baile o en un viaje del Imserso. Pero no. No lo creía. Era una intuición, pero esa forma de quererse era de las que se fraguan a fuego lento. De los que han compartido más tristezas que alegrías pero que han disfrutado cada una de ellas como si fuera la última.

 

Sus pasos seguían avanzando a la par que mi bicicleta mientras mi cabeza buscaba una explicación, pero esta se hacía cada vez más complicada. Ella se paró de bruces, le dio una  mano  mientras que con la otra acariciaba su cara suavemente, mirándole a los ojos. Él se sobrecogió, lo sé porque puso su cabeza en los hombros de ella, como hacen los niños que buscan consuelo en su madre dejándose querer. La mujer besó su cara con toda la delicadeza con la que solo una mujer puede llegar a besar a alguien cuando lo quiere a más que a sí misma. Siguieron caminando, más abrazados si cabe que antes, porque él lo hacía con su cabeza apoyada en los hombros de ella.

 

Estaba impresionado por la demostración de amor en estado puro que transmitía aquella pareja. Desvié mi trayectoria con la sola intención de saciar mi curiosidad y encontrar en sus caras la explicación a este amor tan intenso . Cuando por fin llegué a su altura disminuí mi velocidad y busqué sus rostros. El de ella no lo pude ver bien porque giró su cabeza para besar de nuevo a su chico, pero desde luego no me había equivocado en la madurez de su edad ni en el cariño de sus besos. Con él si me equivoqué, era bastante más joven de lo que parecía viéndole por detrás, pero la bondad de su rostro y su expresión de felicidad les unía aun más. Pero sí, sí lo había descubierto. Él me había dado la clave, sin quererlo, de tan intenso amor y delicadeza entre los dos.

 

Cada día que paso por el mismo sitio suelo verlos. Unos días pasean, siempre juntos y de la mano, otros están sentados tranquilamente en el banco del parque con las manos entrelazadas. La mirada de felicidad de ella se refleja en los ojos de él, dando vida a una expresión inerte por la profunda huella de su Síndrome de Down. Dos personas más felices no sé si podría encontrar. El amor de madre solo es comparable con el de un hijo feliz.

 

Desde luego que mi método científico que clasifica a las personas a veces tiene excepciones.

 

Perdonad si os he entretenido más de la cuenta pero me gustó esta historia.

 

 

 

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Published by raulburillo.over-blog.es
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Comentarios

LITO 09/26/2012 22:42

Amigo, como sabes enredar a tus lectores!!! Al empezar a leer ya he sentido curiosidad, porque me has hecho retroceder en el tiempo y recordar los viajes que hacía con mis padres y hermanas todos
los veranos. Sobretodo el detalle de la mirinda o coca cola, pero con dos vasos. ¡Qué nostalgia!. Te has olvidado del Comediscos, ya que en nuestros viajes era lo que nunca se nos podía olvidar. Si
que dan de sí tus paseos en bici, porque tal y como examinas al personal, se diría que eres todo un experto. Precioso final. Me encantaría cruzarme con la pareja que nos has descrito, simplemente
para ver la cara de esa madre tan orgullosa. La verdad es que me ha llegado al corazón.

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