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6 junio 2012 3 06 /06 /junio /2012 19:33

En estos días que se acercan al primero de mayo he estado pensando en algo que, desgraciadamente, creo que va a formar parte del panorama político de nuestro país en los próximos meses si no años: las huelgas.

  

 La huelga es una herramienta de presión de los trabajadores sobre sus empleadores, con una amplia historia ligada a la lucha de los que menos tienen frente a sus  poderosos “señores”.

Como curiosidad, y ya que estáis aquí, posiblemente sepáis que la primera huelga de la que se tiene noticia data del año 1165 AC en la ciudad de  Deir el Medina, en el Egipto de Ramsés III.  En el museo de  Turín dedicado a este país africano se conserva el papiro que recogía las reivindicaciones de los obreros cualificados que trabajaban en la futura tumba de este Faraón. Solicitaban aceite, comida y ropa, y llegaron a plantarse ante las puertas de la necrópolis, negándose a trabajar hasta en tres ocasiones.


Pero sin duda la huelga en el sentido moderno, las que a todos nos vienen a la cabeza, nos lleva al capitalismo salvaje y a la explotación obrera en condiciones insalubres de vida y de trabajo. La llamada revolución industrial fue también la revolución obrera y el origen de la conciencia de clase, pero para ello hubo de pasar mucho tiempo de indefensión y de falta de garantías jurídicas y  sociales.


“La revuelta de Haymarket” tuvo su origen en una manifestación pacífica que se celebró en Chicago el 1 de mayo de 1886. Los trabajadores reivindicaban algo tan simple –visto con los ojos de hoy- como la jornada laboral de ocho horas. La manifestación condujo a la muerte de varios trabajadores, conocidos como los “mártires de Chicago”,que dueron colgados. Desde aquel momento el día 1 de mayo se convirtió en el “Día de los Trabajadores”.


En España tenemos suficientes ejemplos de explotación obrera, aunque la falta de desarrollo de una verdadera economía industrial nos impide hablar de “Revolución Industrial”, a excepción hecha de Cataluña, País Vasco y tal vez Valencia. Sin perjuicio de las revueltas proletarias producidas en estas regiones, posiblemente sean las de la minería asturiana el ejemplo más claro de lucha obrera, y  que posiblemente en su génesis, desarrollo y epílogo se expliquen  muchos de los excesos que de un lado y otro (muchos más de un lado que del otro) se produjeron en aquellos años tan difíciles para la razón y la justicia social.


Quiero traeros también  a la memoria, para situarnos en materia, lo que todos vosotros recordaréis, si os gusta el cine, en películas como “La huelga” de Segei Einstein, “La uvas de la ira” de Ford, “La madre” de Máximo Gorki”, “La sal de la tierra” de Biberman, “La Ley del Silencio” de Elia Kazan, “Novecento” de Bertolucci, o  más recientes como “Norma Rae.  Rememorar todas estas grandes obras de arte nos ayuda a situarnos en otros tiempos y en otras circunstancias económicas. Y de eso quería hablaros, de otros tiempos.


Creo que desde hace unos tres años aproximadamente vivimos en otra época distinta a las anteriores. Como mínimo estamos en el tránsito. Desgraciada o afortunadamente estamos ante unos años de transición hacia otros modelos económicos, sociales, políticos y sobre todo de convivencia. El futuro se escribirá en función de cómo resolvamos este periodo de cambio. Podemos apostar por rupturas o por evolución, pero en todo caso buena parte de lo que nos servía hasta hace una década dejará de hacerlo. Algunos quieren que perdamos derechos y bienestar a cambio de… posiblemente nada y de ahí lo sorprendente de las propuestas. No saben qué nos ofrecen, solo nos explican lo que debemos dejar por el camino. Un camino que, por cierto, para llegar hasta donde hoy estamos, en el momento de mayor prosperidad de la historia del hombre, muchos de nuestros antepasados dejaron su vida  tan solo por atreverse a soñar con que lo que hoy tenemos podría ser posible.


Antes, las Guerras Mundiales acabaron con otra  época y se inició la que posiblemente terminó con la caída del muro de Berlín. La desaparición del bloque comunista nos condujo a la era de la globalización y esta a la de la información, y como consecuencia también a la de la manipulación.


Pero no me quiero ir del tema de hoy. El capitalismo, el liberalismo salvaje y el “revolucionarismo” comunista  crearon unas dinámicas de poder y contrapoder en la que los sindicatos obreros tuvieron un papel  fundamental en el siglo XIX y XX. La lucha por los derechos  y la justicia social no puede escribirse sin las letras que componían, y componen, sus históricas siglas. Pero sin duda fueron herramientas de una época en la que ya no estamos. Si no es objeto de discusión  que el liberalismo decimonónico vuelva a imponerse al estado del bienestar tampoco nadie debería dudar de que las herramientas de aquella época son vestigios del pasado. Pero si esto es así, si hablamos de herramientas caducas ¿Quién debería representar hoy a los que trabajan en las empresas de otros? ¿Quién representará a los empresarios de su trabajo? ¿Debemos plantear una Confederación de Empresarios del Trabajo Personal Propio?


El desprestigio de los sindicatos tiene fecha en la historia de cada país en función de su grado de desarrollo. En Inglaterra su derrumbe tiene que ver con su inadecuada política de huelgas descontroladas en la década de los años 20 del siglo pasado. Ello no obstante supuso el auge del Partido Laborista como opción real de gobierno. La esperanza de los obreros dejó de ser sindical y se convirtió en política. En Estados Unidos tuvo mucho que ver con su burocratización y los excesivos casos de corrupción en los años 60 y 70 también del pasado siglo.


Los sindicatos, en mi opinión – un Don Nadie, por supuesto- están desprestigiados, pero no tienen sustitutos conocidos. No se  ha” inventado” lo que les sustituya. Solo la necesidad de contar con un instrumento de representación obrera, en unas dinámicas sociales cada vez menos obreras, ha impedido que se certificara su muerte. Ello, y por supuesto la profesionalidad y la buena fe de muchos sindicalistas que todavía creen en lo que hacen. Los gobiernos actuales lo saben y por su propio interés los mantienen.


Igual que los partidos políticos se han convertido en el muro de contención de la democracia verdadera, de la auténtica participación real de los ciudadanos en el poder, los sindicatos colaboran en la sujeción de un sistema de representación de trabajadores por cuenta ajena caduco y anticuado. Los trabajadores, por muy indignados que estén, no se saldrán del guión marcado y sus reivindicaciones serán “sabiamente” encauzadas para que las reglas del juego se respeten. Las subvenciones, los liberados, y todo tipo de ventajas económicas cumplen su misión. Muchos sindicatos se han convertido en empresas de prestación de servicios o en empresarios de la construcción confundidos con cooperativas obreras.


Si los sindicatos son instituciones de otros tiempos, ¿las huelgas son herramientas de otros tiempos?


Sin duda sí, pero con matices. Una huelga es una cesación concertada de la actividad de los trabajadores con el deseo de presionar a la empresa donde se acuerda con la finalidad de interrumpir el proceso productivo y de esta manera obtener ventaja en las negociaciones para  conseguir unas mejores condiciones laborales.


Esta es, como reconoceréis,  la huelga clásica, la de los trabajadores que luchan por su trabajo y por sus condiciones de vida, la proletaria y la obrera. En época de crisis apostar por las huelgas de este tipo es una locura. Los empresarios con problemas están esperando la posibilidad de rebajar la producción y la huelga es una buena manera de conseguirlo gratis. En épocas de caída de la demanda agregada los empresarios quieren reducir su producción para adaptarse a la demanda y evitar la caída de precios.  Una huelga les resuelve problema y justifica el ERE. Ningún sindicalista con cabeza las plantearía en este momento.


Tenemos también las otras huelgas: las “burguesas”. Esas de “un día”, esas  que tanto gustan a algunos sindicatos. Esas que legitiman la pervivencia de los sindicalistas y deslegitiman a los que las secundan. Esas  que sirven para “concienciar” al resto de los ciudadanos de algo que preocupa a quien las convoca y encrespa a quienes la sufren. Esas que no sirven nunca para nada. Alguien debería pensar que en un país de cinco millones de parados hacer una huelga de un día, esto es, que quien trabaja no lo haga un solo día para contarle a quien no puede trabajar, ni ese día ni el resto , lo mal que está  él -que sí  trabaja- es una afrenta a la inteligencia humana y una profunda insolidaridad.


Una huelga de “esas de un día” sirve para que todos se froten las manos: los sindicatos se legitiman convocándolas y de esta forma “defienden” los derechos de los trabajadores. Sea cual sea el seguimiento sus muchos liberados sindicales garantizaran el “éxito,” y para esos están las cifras. El gobierno es el segundo gran beneficiado; la huelga servirá de válvula de escape de las tensiones económicas. Al día siguiente todo seguirá igual pero los trabajadores pensarán que ya han cumplido con su deber de protestar y asumirán de mejor grado que todo siga igual porque ellos ya han protestado. Políticamente no habrá problema, los datos serán lo suficientemente ambiguos para que los sindicatos puedan defender que “se ha notado” el rechazo y los trabajadores que la secundaron también tendrán claro que la jornada reivindicativa fue un éxito, y por tanto ya está bien con lo que han hecho, estarán satisfechos. En resumidas cuentas todo podrá seguir como estaba y todos tan felices.


Y si no os lo creéis os pongo un ejemplo. Muchos ciudadanos piensan que los profesores de la enseñanza pública han estado o están "un día de huelga" (los de la privada no hacen huelga supongo que porque les debe parecer bien la situación actual) debido a que no quieren impartir dos simples horas más de clase  a la semana, y  por supuesto no se explican cómo puede ser que por pasar de 18 a 20 horas semanales lectivas hayan organizado todo esta protesta, sin que “nadie” sepa muy bien que hace esta gente -los profesores- el resto de la semana. Con el trabajo que les ha costado a ellos colocar en mitad de la semana al chaval con algún familiar con canas o en paro porque a los profesores les haya dado por hacer huelga.


Nadie, o pocos, han sido capaces de explicarles que la realidad de su queja es la terrible injusticia que se está produciendo con la educación pública. Esta injusticia sin duda repercutirá en la formación de generaciones de chavales, como las de sus hijos, que tendrán menos oportunidades que los que estudiaron en los mismos centrosque ellos tan solo hace dos años; solo dos. ¿Nadie explicará a los padres que la enseñanza pública es el último bastión de la justicia social en un país que quiere ser justo? ¿Nadie les explicará  que muchos de estos adolescentes condenados a la exclusión social tienen su única esperanza de integración y  salvación personal en esos profesores que estuvieron un “solo” día de huelga, protestando no tanto por ellos mismos sino por estos padres  a los que parece no importarles lo que está pasando?


Cuando yo era escolar y vivía en esa pequeña y maravillosa ciudad que es Salamanca, mis padres me llevaron, como a casi todos los niños de aquella época, a un colegio de curas. Recuerdo, y la verdad que con cariño, como nos contaban con orgullo los primeros años de la orden a la que pertenecía el centro. Parece ser que un sacerdote, hoy santo, se dedicaba a recoger a los chicos pobres de los tugurios que rodeaban a las ciudades industriales italianas. Así se fundó la orden. Hoy nos costaría trabajo encontrar esta labor “cristiana “en los colegios religiosos. La labor social la realiza la educación pública. Bienaventurados los que quieren aprender y tienen  dinero para pagarlo porque de ellos será el reino de las concertadas, dice el catecismo de los nuevos rectores de la educación pública, con gran satisfacción de muchos padres que quieren escapar de esas aulas con inmigrantes que “bajan el nivel” de sus retoños. Pero no solo hablamos de justicia social, la educación pública se permite el lujo de desperdiciar a los mejores profesores de este país y matarlos de aburrimiento y de desesperanza por falta de medios.


Y esta desinformación, el hecho de que no sean estos los grandes temas de debate, ocurre  simplemente porque en la edad de la información, de las nuevas tecnologías, nos seguimos empeñando en  utilizar herramientas del siglo pasado en vez de las que corresponden a estos “tiempos modernos”: todo se arregla con una buena huelga.


Ello me trae a la memoria la mejor de las películas de "huelgas": Tiempos Modernos de Ch. Chaplin.


Os acordaréis seguro de esta escena. Chaplin recoge una bandera roja  caída de un  camión y corre detrás de él agitándola para que el conductor lo viera y parara. A su paso, confundidos, se unen trabajadores pensando que aquello era una manifestación obrera y el personaje de Chaplin su líder. Por segundos los seguidores aumentan y aumentan, mirando para atrás atónito y asustado cuando él solo quería devolver la bandera. Cuanto más corre, más corren a su espalda sus seguidores. La inocencia de unos frente al  borreguismo seguidista de los demás...o, quien sabe, la inocencia de todos


Solo los genios anticipan el futuro. Chaplin lo era.

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Published by raulburillo.over-blog.es
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Comentarios

ANA 11/06/2013 15:12

Como siempre impresionante Raul,dices en tu blog toda la verdad, el problema es que está todo corrompido, no creemos en nadie y lo que se hace se hace para nada.Este es el País del no pasa nada
hagas lo que hagas, necesitamos un cambio radical, como siempre gracias

raulburillo.over-blog.es 11/07/2013 17:51



Gracias Ana. Habrá que seguir sin creer en nadie pero sí en la suma de todos nosotros. Espero que estés entre ellos.



Uno más 06/12/2012 18:39

No tendría problemas en compartir el punto de vista sobre la enseñanza pública si hablara en Castilla, pero en Comunidades bilingües donde se ha impuesto la denominada "lengua propia" en perjuicio
de la lengua materna de muchos de los estudiantes y es el propio profesorado "taliban lingüístico" quien defiende ese despropósito, la enseñanza privada se utiliza como refugio. Apenas si se han
oído protestas en el ámbito educativo contra ese desproposito y ahora cuando se aumentan ligeramente las horas lectivas estamos ante una "política de exterminio de la enseñanza pública". Por Dios,
¿Quiénes han hecho más por hundirla que muchos de sus profesores?

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