Hablaremos de politica, de la Administración Pública y de todos los aspectos ligados a estos temas.
La izquierda lo es por su propuesta económica. Todo lo demás depende de la cultura política del país. La derecha española ha sido, y en buena medida lo sigue siendo, reaccionaria, ultracatólica y autoritaria, por lo que cualquier medida mínimamente progresista la denominamos en nuestro país de “izquierda”, pero ello no forma parte por si mismo del ADN de la izquierda. En unos países puede parecer que sí y en otros no tanto. No hay nada más retrógrado, machista y xenófobo que un comunista ruso. Las políticas de apertura de derechos civiles, de género y sociales son más propias de una Francia liberal y de derechas que de una izquierda soviética. La izquierda se define fundamentalmente por su programa económico, y si no que se lo pregunten al PSOE, que prefiere pensar cuando le toca gobernar en todo lo demás para no espantar a los “mercados”. Liberalismo económico frente a economía social. Derecha frente a izquierda.
Negar la viabilidad de programas económicos de izquierda o socialdemócratas es negar la propia existencia de la izquierda. Ante la situación de crisis del sistema liberal y el empobrecimiento colectivo que arrastra detrás de ella, a nadie puede extrañar que la economía de los ciudadanos se vuelva y mire a la izquierda. Pero no es suficiente. Lo público no siempre es el bien común y este no solo debe estar en lo público. La izquierda económica no puede ser ortodoxia clásica y debe explorar sus caminos en el siglo XXI alejados de ella, pero siempre pensando que el beneficio desmedido de unos pocos no lleva al bienestar de todos.
Ahora bien, en cualquier caso, un modelo que busque maximizar los beneficios económicos en su grado óptimo para el mayor número de personas debe quedar claro que depende básicamente, y como pieza central, de la política tributaria que adopte. Sin recursos públicos, sin dinero, y sin ajustes del gasto desmedido, nada de lo que se prometa es posible. No solo se necesita una revolución tributaria sino también otra igual de importante en la política del control del gasto. Izquierda no puede suponer derroche. Bienestar público no es gasto incontrolado sino ahorro y eficiencia en modelos de coordinación territorial, que busquen aislar el concepto de gasto necesario y social del de rentabilidad electoral o del de financiación ilegal de partidos políticos y bolsillos corruptos.
Las propuestas económicas que estamos leyendo estos últimos meses desde posicionamientos calificados como socialdemócratas hablan con razón, pero tal vez con mucha alegría, de nuevos impuestos y de lucha contra el fraude. Recogen con excesiva ligereza el incremento de los recurrentes impuestos para los “ricos y las grandes empresas”. Estamos de acuerdo en ello de forma general, pero el papel lo soporta todo y más cuando su destino es la papelera. Las ideas factibles y los programas viables no se escriben, sino que se luchan y se conquistan desde la verdad, por lo que la cifra de nuevos ingresos considerados como posibles a corto plazo cercanos a los 80.000 millones, de la que habla alguna de ellas, es un disparate que puede socavar el crédito de una auténtica propuesta de izquierda viable.
Dudo que se pueda llegar en los próximos años a incrementos sobre las cifras actuales de más de 35.000 millones de euros, incluyendo en ellos la necesidad de una amplia reforma tributaria orientada a los que más tienen y una revolución en la lucha contra el fraude.
No nos equivoquemos en los números porque los presupuestos que no se cumplen deben formar parte de la historia pero la credibilidad política debe volver a ella.